Me gusta los amaneceres cuando el sol, con cierta lentitud, abraza con su luz las campiñas y los montes. Necesito el aire fresco matutino que despeja la mente del que camina y que un soplo de agradable brisa bese mi frente meditativa. Mi andar se complace con el murmullo de un viejo riachuelo al que le cuento los miles de recuerdos que vagan en mi interior y, a veces por distraer el ocio de mi jornada, voy leyendo en este libro que llevo escrito en el alma.
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